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lunes, 5 de octubre de 2015

Rubí- Un cuento para no dormir.



Rubí

 
De Santiago Serrano

A Claudio Castro, quién me permitió espiar en el mundo de su infancia.

“Nadie puede controlar la vida”; se dijo el viejo peón. Cuando, entre la bruma del amanecer, vio al potro árabe montado sobre la yegua pura sangre. Ella estaba signada a parir sólo caballos de carrera. ¿Cómo había logrado salir del box y entrar al corral?; se preguntó el hombre. Luego, recordó con temor que él era el encargado de poner el cerrojo. Se santiguó y estuvo seguro que todo el castigo caería sobre sus espaldas. Así fue, los dueños del haras lo despidieron cuando se detectó que la pura sangre estaba preñada. Antes de partir, se acercó a la yegua y acarició su cabeza. Ella lo miró con los ojos tiernos de una futura madre, ya algo latía en su interior con la persistencia de la vida. Mientras el viejo caminaba hacia la tranquera se le dibujó una sonrisa. “Nada es porque sí, hasta los errores pueden traer vida”, afirmó y se fue silbando bajito por la pendiente que desembocaba en la ruta.
Pasaron unos meses, hasta que una noche iluminada de refusilos y relámpagos fue el escenario de la llegada de la heredera o la bastarda, como la llamaban los dueños del haras. La yegua pasó el tiempo imprescindible con su cría. Las separaron sin brutalidad, pero con la frialdad de quienes creen en la pureza de la raza como la medida justa. La pura sangre y el potro árabe no volvieron a encontrarse nunca más. Fueron vendidos a otros establecimientos. El “error” fue resuelto, sólo quedaba un tembloroso detalle, la bastarda. La potrilla estaba flaca y frágil. Allí sólo podía ser motivo de futuros problemas, por ello la subieron a una camioneta y fue entregada, sin moño de regalo, a una familia vecina.
El camino hacia su nuevo destino no fue largo, pero para ella fue una aventura increíble observando el panorama de montañas, valles y ríos que atravesaron. Ni remotamente imaginaba lo que le esperaba. La camioneta se detuvo y la hicieron bajar. Las patas, aún temblorosas, de la renegrida recorrieron los metros hasta una tranquera que sería la entrada a su nuevo destino. Unos gritos agudos surgieron de la casa y tres pequeñas siluetas se recortaron observando a la visitante. Sus alturas iban de mayor a menor. El más alto era un niño delgado y frágil como la potrilla, una niña asombrosamente asustada y un pequeño movedizo que lanzaba los mayores alaridos. La “bastarda” sintió por primera vez un contacto cálido, cuando el mayor la acarició y la abrazó. Hubo algo de ese primer encuentro y de ese cuerpo tan frágil, como el de ella, que despertó una confianza ciega en quien sería su amo. Amo por el amor y no por la dominación. Escuchar la voz de él era motivo suficiente para que ella levantara sus orejas y se dirigiera sin reticencias a su encuentro.
Una tarde ambos varones, que eran inseparables, se reunieran junto a ella en un largo conciliábulo. Dudosos y excitados por algo que la renegrida no podía comprender. Del mismo que los bebés no saben, la potrilla desconocía la trascendencia de lo que ocurría. Se estaba decidiendo su nombre, ese que llevaría hasta el final de sus días y mucho más. El menor y movedizo se le acercó y la miro con ojos curiosos, Recorrió todo su cuerpo color azabache, hasta que se detuvo en la mancha blanca que tenía en la frente. La cara del niño se iluminó, como un científico que encuentra la respuesta tan buscada. Salió corriendo hacia la casa. Volvió al instante con un lápiz labial rojo en su mano y pintó la mancha. Ambos niños gritaron al unísono: “Rubí. Tiene un rubí en la frente” Por unanimidad la bautizaron, sin agua bendita, ni bendición papal. Sería Rubí, hasta la eternidad.
Por la noche la potrilla era llevada a la pequeña caballeriza, tenía tres boxes y pronto conoció a sus compañeros de dormitorio. Un potro brioso y un petiso fanfarrón. Los tres dormían y hablaban, en su idioma de relinchos, hasta quedarse dormidos. El potro contaba sus andanzas con el señor de la casa, se jactaba de ser su propiedad exclusiva. El petiso de las locuras de su jinete enloquecido, que era el menor de los chicos. Rubí en un principio hablaba poco, no tenía casi nada que contar y escuchaba las andanzas de sus experimentados compañeros.
Las piernas de la potranca fueron poniéndose cada vez más fuertes, ya que su amo la alimentaba y la cuidaba todo el tiempo. Comenzó a corretear por el corral y luego, de algunos desequilibrios que la asustaron, dominó plenamente su musculatura. Aquella noche habló ante sus compañeros de lo bien que lo había hecho. Estos la miraron y simplemente le respondieron: “Correr sin jinete es fácil, eso lo hace cualquier animal de cuatro patas. Ya te traerán un domador y vas a saber lo que es bueno”. Ambos lanzaron una carcajada equina y Rubí pasó toda la noche preocupada. ¿Podría ella ser capaz? ¿Quién sería el domador que le enseñaría a sangre y rigor el arte de correr de a dos?
Como todas las mañanas, Rubí estaba expectante para poder escuchar la voz de su niño. Cuando la oía corría hacia él, mientras miraba su silueta. Él era pequeño y frágil, a pesar de ser el mayor de los hermanos. Su mirada era intensa y cuando sonreía lo hacía con toda su boca y sus ojos de un verde similar al campo que los rodeaba. Ella lo quería profundamente, no entendía lo que eso significaba, pero decidió que si había alguien en el mundo que tenía que dominarla sería él.   Una tarde de verano el niño hizo el intento de montarla. Rubí, no dudó, le dio la mayor demostración de confianza que un caballo puede dar. Sintió sobre su lomo el peso de su cuerpo y las piernas de él la abrazaron. Toda la familia vio, asombrada, como ambos caminaban y luego corrían como experimentada dupla. El potro y el petiso se miraron azorados. Esa noche en el “dormitorio” Rubí no paró de hablar de esa experiencia maravillosa, ambos compañeros la escucharon con silencio respetuoso.
Comenzó un tiempo de carreras desenfrenadas. Jinete y caballo se entendían como si fueran uno solo. Cuando se armaban competencias entre los vecinos, la mayor diversión era superar a los competidores y mirar hacia atrás para ver la enorme ventaja que les sacaban. Juntos en la pista, eran mucho más que dos. Despertaron admiración entre quienes los rodeaban. El niño frágil e inseguro comenzó a pisar cada vez más fuerte. La “bastarda”, como la habían llamado alguna vez, miraba con cierta indiferencia al resto de los boquiabiertos equinos.
“Nadie puede detener la vida”; se dijo, para sí, el viejo peón cuando descubrió que esa yegua majestuosa era el resultado de su “error” Reflexionó: “En la vida hacer lo que se debe no siempre trae el mejor resultado. Los errores son extrañas jugarretas que hace la vida para dejar que surja lo que debe surgir” Caminó hacia el muchacho y Rubí. No pudo evitar sentir emoción al acariciar el pescuezo renegrido. No le confesó al jinete lo que sucedió aquella noche, sólo miró los ojos de la yegua. Ella, con esa enorme intuición de los caballos, no necesitó palabras para entender y luego de lanzar un relincho, salió a plena carrera con su muchacho a cuestas. El viejo los vio perderse en el horizonte, se enderezo la gorra y sintió un orgullo que agrandó su figura en el paisaje. Se fue silbando bajito, como era su eterna costumbre.
Si Rubí creía haber descubierto todo, se equivocaba. La aventura de su vida recién estaba comenzando. Comenzaron las cabalgatas a las montañas.  Jamás olvidaría el momento que se lanzó a escalar y conquistar esos enormes gigantes. Ella iba delante con su jinete y detrás venía el petiso fanfarrón con el niño pequeño sobre su lomo. Ese cuarteto haría historia. Cada escapada era una nueva aventura. Eran prófugos, sin haber escapado de ninguna prisión. Eran piratas sin parche en el ojo, ni pata de palo. Eran una banda de delincuentes sin robos, ni crímenes. Eran el Llanero Solitario, Plata, Toro y su caballo Scout. Se perdían en el reloj y en el paisaje. Estaban en un mundo mágico donde nada importaba más que ellos y la naturaleza. Rubí gustaba mucho de un momento en especial, el instante en que acampaban. El petiso quedaba atado de un árbol, pero ella estaba libre. Una libertad muy especial. Esa libertad que sienten los que saben que pertenecen a algo o a alguien, pero no necesitan riendas para confirmarlo. Ella sabía que pertenecía a su jinete y él no la abandonaría por nada en el mundo. El muchacho tenía el mismo sentimiento y sabía que con sólo llamarla ella estaría dispuesta a venir a la carrera. La noche caía lentamente sobre las montañas y la figura de los cuatro aventureros se disolvía entre las sombras, mientras una fogata cocinaba lo que los muchachos habían cazado.
La vida, por ser vida, no es sólo felicidad. Una madrugada en el establo, la muerte se hizo presente. El potro brioso murió sorpresivamente dentro de su box. Rubí y el petiso relincharon hasta que alguien llego de la casa y descubrió el cuerpo del enorme caballo sin vida. La familia entró en desesperación. Nunca habían vivido algo semejante. Para no descuartizar al animal tuvieron que hachar las maderas del habitáculo. El padre de la familia, hacha en mano, tiro abajo el box. Así pudieron sacar el cuerpo del potro y enterrarlo. Nada fue igual desde ese día. La muerte les enseño que los caballos necesitan envejecer en libertad para vivir y morir a su antojo.
El tiempo es arena que se escurre entre las manos irremediablemente. Las aventuras continuaron pero en forma más aislada. Un día cesaron. Los chicos se convirtieron en hombres y mujeres. Cada vez era mayor el tiempo que Rubí quedaba en el establo. Su jinete había viajado lejos a estudiar y él era el único que podía montarla, nadie más. Sólo una vez la yegua permitió a la madre de su muchacho subirse sobre su lomo. En realidad, lo hizo por encontrar parecido el aroma que esparcía del cuerpo. Cuando comprendió su error, su reacción hizo que la madre no volviera a intentarlo. Una yegua adulta que no se puede montar, ¿para qué podía servir? Ella no era feliz y el fantasma de la muerte del potro hizo que la familia tomara decisiones. Una mañana llegó un camión y subieron a Rubí.  El viaje no fue demasiado largo. La yegua caminó con su jinete hasta la tranquera de un campo desconocido. Alguien la recibió y la condujo hacia adentro. No hubo despedida. El niño, convertido en hombre, no lloró. Ella, tampoco. Ambos se separaban hacia distintos rumbos. La vida es un viaje eterno, pero no existen compañeros perpetuos. Jamás volverían a verse, eso fue lo que creyeron.
Rubí vivió varios años más. Era inevitable para ella, cuando corría por el campo, sentir el peso del niño sobre su lomo. Muchas veces, levantaba sus orejas creyendo escuchar su voz. Nunca lo extrañó. Él estaba con ella. El niño se había quedado a su lado, mientras el hombre se había marchado a hacer su vida.
Nada es casual, por eso quién cerró los ojos de Rubí fue el mismo viejo peón que permitió su nacimiento. Este la acarició y caminó unos pasos para cavar el pozo donde la enterraría.  Arrastró su cuerpo, mientras se decía: “Nadie puede detener a la vida, nadie puede escapar de la muerte” Ocupado en tirar tierra sobre Rubí, no pudo ver como esta salió lanzada a plena carrera hacia el horizonte.  Una carrera sin punto de llegada. Un galope majestuoso, que hasta hoy continúa. Cada tanto, Rubí, se aproxima a donde vive el hombre que alguna vez fue su único jinete. Lo hace siempre por las noches cuando él duerme. Rubí hace bajar al niño que lleva sobre el lomo y lo empuja con la cabeza para que se recuesten juntos. Ella los mira, tan iguales y tan diferentes. Luego, sale a pastar como en la montaña. Mientras ella lo hace, hombre y niño se reencuentran.


Buenos Aires, 14 de junio de 2015

jueves, 27 de agosto de 2009

EL MENSAJERO (Cuento)



La Parda salió de la casa, se sentó en un pequeño banco y encendió un cigarrillo, ya nada podía hacer, sólo esperar. ¿Quién no?, pensó.
Un pájaro negro revoloteaba a su alrededor. La miraba zoológicamente comprensivo. Ella lloraba en silencio. El emplumado volaba cada vez más bajo, circularmente, ciñendo a la parda con su aleteo.
Desde la casa de chapas se escuchaba un quejido constante. La mujer se tapó los oídos. No soportaba más. Estiro las manos al piso y tomó un cuchillo oxidado. Tocó su filo.
El pájaro, impotente, la miraba con algo de terror. Su pequeña cabeza pensaba. Quitarle el cuchillo era imposible. ¿Pedir auxilio? ¿Quién lo escucharía? El sólo sabía piar, pero nunca lo hizo demasiado bien. Tendría que haberse esmerado en el arte del canto, se reprocho.
La Parda colocó el cuchillo sobre una de sus muñecas. Desde el interior se escuchaba una voz débil, agonizante. La mujer media las posibilidades de un corte rápido y efectivo. Lloraba y las lagrimas le humedecían el rostro duro y lleno de surcos.
El renegrido estaba dispuesto a todo para salvarla. Sabía que una sola palabra la convencería. Recordó palabras que había escuchado en sus vuelos rasantes sobre la gente.
Ella miró hacia la casa y tomando valor gritó: ¡Basta!
El pájaro sabía que no había más tiempo. Bajó desesperado. Se colocó ante ella y con un esfuerzo terrible emitió el sonido que pensó la salvaría. La mujer lo miró fijamente, mientras del pico surgía algo parecido a la palabra “fe”.
La Parda tomó el cuchillo y con una destreza desconocida atravesó el corazón del renegrido. Se hizo la señal de la cruz y, aún llorando, lo tomó de las patas, se dirigió a la puerta del rancho y en voz baja dijo: “No llores más, hoy vamos a comer”.



SANTIAGO SERRANO
Abril de 1985
Queda absolutamente prohibido reproducir este material sin autorización del autor: santiagoms_2000@yahoo.com

viernes, 14 de agosto de 2009

EL HOMBRE DEL SELLO



Era el primero en llegar a la oficina y desde siempre el último en retirarse. Le gustaba poner todo en orden antes de empezar a trabajar. Apilaba prolijamente los expedientes, sacaba meticulosamente punta a los lápices y lustraba con fervor el cristal que cubría su escritorio. Sólo se levantaba de su asiento, durante las nueve horas reglamentarias, para entregar los expedientes ya visados. Se apresuraba sellando y firmando hojas y hojas sin detenerse un instante. Sólo faltó a sus obligaciones el día en que murió su hijo, aunque a decir verdad nadie notó su ausencia, algunos hasta juraron haberlo visto sentado en su escritorio. Era tan metódico y gris que hacía muchos años que pasaba desapercibido para todos. Él era feliz con su rutina y no extrañaba la compañía de los otros.
Ella no se le parecía en nada. Era extremadamente voluble en sus afectos. Como todas las de su especie le gustaba revolotear sin quedarse nunca en ningún sitio. Se había criado en un palomar, llena de comodidades. Cualquier otra paloma hubiese sido feliz en su lugar, pero ella, rebelde como pocas, no se conformó y emigró hacia otros rumbos. Su vida fue azarosa y llena de privaciones, pero eso era el principal encanto para ella.
Durante muchos años recordaría lo que sintió aquella tarde al conocerlo.
Ella había visto otros hombres y nunca le había llamado demasiado la atención su aspecto, pero éste era distinto, se dijo mientras lo miraba a través del cristal de la ventana. Tiene algo de palomo, pensó, y durante un buen rato, algo poco acostumbrado en ella, lo miró detenidamente. Ese meticuloso levantar el sello, entintarlo y dejarlo caer con un golpe seco contra el papel, la fascinaba. Era como un picoteo constante.
Cuando cumplió la primera semana de mirarlo con creciente amor, se decidió por fin a tomar contacto con él. Se acercó al vidrio y con su pico lo golpeó siguiendo el ritmo que él llevaba con su maravilloso sello.
Al principio él no lo notó, pero luego de unos minutos levantó la vista y la vio. Éste pudo haber sido el comienzo de una historia de amor, pero la suerte jugó una mala pasada. Él, que en ese instante iba a imprimir el sello, se sobresaltó y lo colocó torcido. Su indignación fue total, se enrojeció de vergüenza por su distracción y se juró no volver a levantar la cabeza aunque se viniera abajo el edificio.
El corazón de ella latía de excitación. La había mirado, y se juró que le sería fiel para siempre. Volvió a insistir durante toda la tarde con sus picotazos, pero él parecía inquebrantable a sus coqueteos.
En realidad, él no estaba tan indiferente. El sonido del cristal lo crispaba cada vez más y sólo su mecánica voluntad lo mantenía firme. A pesar de todo, aquella tarde se retiró unos minutos antes de lo que acostumbraba, sus nervios se estaban quebrantando.
Durante toda esa noche no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos le parecía ver a ese bicho emplumado que tanto lo había perturbado. A la mañana siguiente decidió subir el vidrio de la ventana para evitar el ruido molesto.
Cuando ella descendió sobre la cornisa, se sintió desilusionada por no poder hacerle la ofrenda de su contrapunto musical. Caminó de un lado al otro de la ventana pensando cómo podría seducirlo. De pronto tomó la decisión casi sin pensarlo. Que otra cosa podía hacer que entrar. Él estaría encantado y quizá perdiese su timidez.
Él, de reojo, vio la silueta sobre la montaña de expedientes. Pero estaba dicho que era imposible este romance. Su firma, con el susto, se extendió por debajo de lo establecido. Su ira fue total; tomó el sello y con toda su fuerza se lo arrojó.
Ella se asustó un poco, no hay que negarlo, pero mientras volaba en círculos sobre el edificio se decía emocionada: “Me ama. Sólo alguien que me ama puede regalarme su objeto más querido”.
Él, por primera vez en treinta años de oficina, se levantó y fue al baño. Nadie lo vio, pero temblaba sin poder controlarse.
Ni la paloma ni el hombre durmieron tampoco esa noche. Ella emocionada y él aterrado.
Al día siguiente, él confundió el colectivo y por primera vez llegó tarde. Nadie lo notó, pero él no pudo perdonárselo. Durante toda la mañana no pudo trabajar. Sólo planeaba cómo deshacerse de su molesto visitante.
Ella, en cambio, se dio un buen baño en la fuente de la plaza y alisó sus plumas metódicamente. Por la tarde ya estaba lista para la gran cita. Sus patitas se apoyaron temblorosas sobre la ventana nuevamente abierta. Allí estaba él, mirándola con sus ojos fijos.
Fue sólo un instante.
Él se abalanzó hacia ella con sus manos como garras. Ella quiso ir a su encuentro y emprendió el vuelo. Grande fue su sorpresa al verse tomada en sus manos y desaparecer por la ventana. Mientras caían, ella se sintió feliz. Sobre el asfalto caliente se desplomó el cuerpo del hombre y cuando llegaron para llevárselo, la paloma aún seguía dándole suaves picotazos en la boca.
En la oficina nadie notó su ausencia.
Ella tardó mucho en olvidarlo.

El siguiente texto esta registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual de la República Argentina. Esta prohibida su reproducción sin solicitar autorización a su autor. Su publicación o difusión sin el permiso correspondiente lo hará pasible de una sanción económica y legal.
SANTIAGO SERRANO
Abril de l985
santiagoms_2000@yahoo.com